El Viaje Secreto de Martín Gusinde: Crónica de un Fracaso Exitoso en la Patagonia


Cuando pensamos en Martín Gusinde, la imagen que emerge es la del etnógrafo monumental, el sacerdote y científico que convivió con los selk’nam, yaganes y kawésqar, documentando sus vidas en Tierra del Fuego con una dedicación casi sobrehumana. Sus fotografías y escritos son pilares en el estudio de los pueblos australes, el legado de un explorador que siempre parecía lograr su objetivo.


Pero la historia, como la Patagonia misma, está llena de recovecos inesperados. Entre sus famosas expediciones se esconde un viaje casi borrado de la memoria, una travesía que, en sus propios términos, "no fue exitosa". Este aparente fracaso, ocurrido en el verano de 1921, es una anomalía en la biografía de un hombre infalible. Sin embargo, son precisamente estas grietas en la narrativa del éxito las que a menudo revelan el verdadero carácter de un explorador y la naturaleza impredecible de la ciencia.

¿Qué podemos aprender de esta expedición olvidada? Lejos de ser una simple nota al pie de página, este viaje nos ofrece una historia fascinante sobre la adaptación, la resiliencia y el valor oculto en los planes que se derrumban.

El plan que se derrumbó: De etnógrafo de los kawésqar a fotógrafo de glaciares

Después de dos exitosos viajes a Tierra del Fuego, Martín Gusinde puso su mirada en el pueblo kawésqar, un grupo que describía como "muy poco conocido". Su plan era ambicioso: aprovechar las celebraciones del cuarto centenario del descubrimiento del Estrecho de Magallanes para obtener apoyo del gobierno chileno y liderar una gran expedición.

El plan, sin embargo, se frustró por completo. La Armada de Chile, que había prometido un barco adecuado para la misión, tuvo que reasignarlo por una "emergencia imprevista". La embarcación de reemplazo era demasiado pequeña para transportar el carbón necesario para un viaje tan largo por los canales patagónicos. El objetivo de encontrar a las familias kawésqar se volvía imposible.

En lugar de cancelar, Gusinde demostró una increíble capacidad de adaptación. Aceptó unirse a la expedición Hicken-Reichert a la laguna San Rafael, un equipo multidisciplinario formado por notables científicos y artistas. Estaba el botánico argentino Cristóbal Hicken; el químico, geólogo y afamado montañista germano-argentino Federico Reichert; el geólogo alemán Carlos Fritzsche, que trabajaba para el gobierno chileno; y los pintores Alfred Bachmann y Martín Konopacki. El rol de Gusinde cambió drásticamente: el etnólogo que buscaba contactar a un pueblo aislado se convirtió en el "zoólogo y fotógrafo" de una expedición geográfica. Este giro es impactante porque revela la vulnerabilidad de la ciencia de campo a los "imponderables" y la tenacidad de un investigador que se negó a volver a casa con las manos vacías.

Una lección sobre el fracaso científico: La sabiduría de admitir la ignorancia

Este viaje es un ejemplo perfecto de por qué es crucial documentar los fracasos en la ciencia. La expedición "no fue exitosa" en su objetivo principal, y esta admisión es precisamente lo que la hace valiosa. Como nos enseñó el célebre antropólogo Bronislaw Malinowski, contemporáneo de Gusinde, es fundamental confesar en las etnografías "la ignorancia" y "los fracasos".

Aunque Gusinde debió sentir una profunda frustración, supo encontrar valor en la experiencia. La majestuosidad del paisaje patagónico le ofreció un consuelo inesperado, una recompensa emocional y científica que él mismo reconoció: "este regalo de la exuberante naturaleza me pareció en parte una compensación por haber tenido que renunciar a la realización de mis anteriores planes".

Esta perspectiva humaniza la ciencia. Nos recuerda que el trabajo de campo no es una línea recta hacia el descubrimiento, sino un camino sinuoso, lleno de desvíos que, a veces, conducen a destinos tan o más reveladores que el original.

El "Cazador de Sombras" y un lente diferente: Gusinde como fotógrafo de paisajes

Entre los selk'nam, Gusinde se ganó el apodo de Mank’ácen, que significa "cazador de sombras", una poética descripción para su rol de fotógrafo. Su fama se construyó retratando a las personas, sus ceremonias y su vida cotidiana. Pero en este viaje, su lente apuntó en otra dirección. Al no haber personas que fotografiar, Gusinde se dedicó a capturar la imponente geografía de la Patagonia occidental. Sus imágenes de esta expedición, hoy conservadas en el Museo Histórico Nacional, muestran el ventisquero San Rafael, los campamentos, los enormes témpanos y los bosques sumergidos.

Pero Gusinde no era el único creando un registro visual. Los pintores Alfred Bachmann y Martín Konopacki también documentaron los paisajes con sus pinceles, con la idea de ilustrar un libro sobre la expedición. En un eco perfecto del tema del viaje, ese libro nunca se escribió. Sin embargo, de ese fracaso editorial surgió otro éxito: en 1921, Konopacki realizó aclamadas exposiciones de sus pinturas patagónicas en Santiago y Valparaíso, demostrando que incluso de los planes fallidos pueden nacer legados valiosos y perdurables.

Un desvío inesperado en Chiloé: La colección de Queilén

La expedición partió de Puerto Montt el 6 de enero de 1921 y pronto hizo una parada en Queilén, en la Isla Grande de Chiloé, con un propósito puramente logístico: embarcar a cuatro peones chilotes. Para la mayoría, habría sido una simple escala, pero para Gusinde fue una oportunidad. Durante ese breve desvío, recolectó una notable colección de 40 objetos para el Museo de Etnología y Antropología, incluyendo utensilios de madera, textiles, cestos y piezas fascinantes relacionadas con la vida marítima, como un sacho (un ancla de madera y piedra) y un bongo (una canoa tallada de un solo tronco).

Esta actividad paralela demuestra que Gusinde nunca dejó de ser un etnógrafo. Y uno de aquellos hombres contratados en Chiloé, Antonio Llan-Llan, se convertiría en una pieza clave de la expedición, al ser quien acompañó a Federico Reichert en la difícil ascensión hasta los 1.500 metros sobre el nivel del mar, una hazaña que permitió cartografiar por primera vez aquella región inexplorada.

El protagonista silencioso: La increíble historia del barco de la expedición

A veces, las historias más asombrosas se esconden en los detalles. La escampavía Elicura, que dejó al equipo en Punta Leopardo el 12 de enero y los recogió el 27 de febrero, no era un simple barco. Su historia es un viaje en sí misma. Fue encargada en 1916 por la Marina Imperial Rusa a un astillero finlandés, pero la Revolución Rusa y la independencia de Finlandia paralizaron su construcción. Fueron los alemanes quienes la terminaron durante la Gran Guerra para usarla en el Mar Báltico. Tras el conflicto, fue devuelta a Finlandia y, en 1920, vendida a la Armada de Chile.

Resulta extraordinario pensar que esta expedición a uno de los rincones más remotos de la Patagonia se realizó a bordo de un buque cuya existencia fue moldeada por la caída de los zares y la Primera Guerra Mundial. La Elicura no fue solo un medio de transporte; fue un protagonista silencioso con una historia global, cuya fascinante carrera continuaría en Chile como "buque madre" de submarinos y ténder de la Aviación Naval.

¿Qué otros fracasos exitosos esconde la historia?

El "olvidado viaje" de Martín Gusinde, que concluyó con el regreso del equipo a Puerto Montt el 3 de marzo de 1921 tras siete semanas de exploración, aunque técnicamente un fracaso en su misión original, se revela como una de sus aventuras más ricas y polifacéticas. Es una poderosa lección sobre la resiliencia científica, la capacidad de adaptación ante lo imprevisto y la sabiduría de encontrar valor en los caminos no planificados. Al cambiar su objetivo, Gusinde y sus compañeros nos legaron una colección fotográfica única, obras de arte, objetos etnográficos inesperados y un ejemplo inspirador de la verdadera naturaleza de la exploración.

Nos deja con una pregunta que resuena más allá de la Patagonia: ¿Cuántas otras grandes historias de descubrimiento se esconden detrás de expediciones que, en su momento, fueron consideradas un fracaso?

Comentarios

  1. Aunque su misión inicial pudo considerarse fallida, el legado de Gusinde en la Patagonia trasciende cualquier objetivo previsto. Sus estudios sobre pueblos indígenas, a pesar de las limitaciones de su época, sentaron bases indispensables para la comprensión y preservación de culturas que corrían peligro de desaparición. Un "fracaso exitoso" que nos recuerda que el conocimiento a menudo florece donde no se esperaba.

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