El triunfo del artificio define nuestra obsesión cultural por la exageración



Existe un momento exacto en la historia cultural reciente en el que la estética dejó de buscar la belleza clásica para abrazar el exceso. Ocurrió en 1964, mucho antes de que TikTok viralizara estéticas efímeras o de que las alfombras rojas compitieran por la foto más extravagante. 

Ese año, la escritora estadounidense Susan Sontag publicó sus célebres "Notas sobre lo camp", un texto que desarmó la alta cultura al poner nombre a una sensibilidad tan elusiva como omnipresente: la fascinación por el artificio.

Pero ¿Qué es exactamente lo camp y por qué, seis décadas después, sigue siendo la lente definitiva para entender la cultura pop?

El imperio de la superficie

Para la mirada camp, el mundo no se juzga en términos de moral ni de utilidad, sino de puesta en escena. Es una sensibilidad que observa la realidad con un distanciamiento teatral; no ve simplemente a una persona o un objeto, sino a una «persona» o una «lámpara» interpretando su propio papel.

Por eso, sus expresiones históricas van desde la arquitectura del Art Nouveau —donde una entrada de metro se disfraza de orquídea de hierro— hasta la androginia visual del glam rock, el drag o la imaginería religiosa del Rococó. Lo camp no busca reflejar la naturaleza; busca superarla, vestirla de plumas y maquillarla.

La seriedad que fracasa

Aquí radica el matiz decisivo que suele pasarse por alto: lo camp más puro e impactante no se concibe de forma calculada. Nace de una seriedad desmedida.

Ocurre cuando un artista se propone crear una tragedia monumental, una ópera épica o un melodrama devastador, y le imprime una pasión tan hiperbólica que el resultado termina "fracasando" por exceso. 

Es en ese desatino glorioso —en la película de presupuesto millonario que resulta involuntariamente cómica o en la actuación desbordada que roza el ridículo— donde florece la auténtica fascinación camp.

Cuando alguien intenta ser camp de manera fría y prefabricada, la magia suele evaporarse. La clave no es la burla, sino la desproporción entre la intención y el resultado.

El dandi de la cultura de masas

Durante el siglo XIX, el dandi buscaba la distinción aislándose del vulgo y coleccionando objetos raros. En el siglo XX, lo camp redefinió ese esnobismo: el nuevo dandi no huye de la producción en masa ni de la cultura popular; al contrario, aprende a disfrutar de ella desde un ángulo inesperado.

Lejos de ser una actitud destructiva o cínica, la mirada camp es profundamente afectuosa. No desprecia la obra fallida ni se ríe de ella con malevolencia; se deleita en su inocencia y en la valentía de su desmesura. Descubre, en definitiva, que existe un «buen gusto del mal gusto» y que muchas cosas son maravillosas, precisamente, porque rozan lo disparatado.

De la nota al fenómeno global

Hoy, desde los vestuarios de la Gala del Met hasta los memes que circulan en redes sociales, la estética camp ha dejado de ser un código secreto de círculos vanguardistas para convertirse en el lenguaje cotidiano del espectáculo. 

En un mundo saturado de solemnidad, mirar la realidad con lentes camp sigue siendo el antídoto más eficaz contra el aburrimiento: una invitación a celebrar el entusiasmo humano, incluso cuando roza el exceso.

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