Para el mundo occidental contemporáneo, la enfermedad y la muerte son procesos biológicos inevitables. Sin embargo, si viajáramos en el tiempo hacia el área arauco-pampeana (la vasta macro-región que une La Araucanía, las Pampas y la Norpatagonia) entre los siglos XVI y XIX, descubriríamos una realidad completamente distinta.
Allí, bajo el
amparo del ad mapu (el conjunto de normas, creencias y leyes
tradicionales nativas), la muerte casi nunca era casual, natural ni fortuita.
Si un ser querido enfermaba repentinamente o fallecía fuera de la vejez o la
violencia directa de las armas, solo había una explicación posible: había
sido blanco de un kalku (un brujo).
A través de las
páginas de las crónicas coloniales, los relatos de cautivos y los registros
judiciales, la fascinante investigación histórica de Joaquín García Insausti
nos sumerge en el complejo mundo del kalkutun, la práctica de la
agresión mágica mística que moldeó la vida, la justicia y la política de las
sociedades indígenas autónomas durante más de tres siglos.
Aquí nadie muere "porque sí"
Para los
antiguos habitantes del Wallmapu, el orden del cosmos exigía un
equilibrio. Cuando este se rompía mediante la enfermedad (kutran), la
sociedad indígena no buscaba únicamente el remedio físico, sino la respuesta a
una pregunta fundamental: ¿Quién causó esto?.
"Siempre
enferman o mueren porque les ha hecho daño algún brujo", sentenciaba
con asombro el fraile Ramón Redrado en 1775.
El kalkutun
no era una simple superstición folclórica; era una estructura mental profunda y
de larga duración. Un kalku era un especialista del mundo sobrenatural
que, a diferencia de los sanadores, canalizaba y manipulaba el wekufu
(potencias o manifestaciones espirituales maléficas). Entre sus métodos más
temidos estaba el rapto simbólico de la energía vital o el nguken: una
actividad depredatoria espiritual donde el brujo se "apropiaba" de la
sangre y fuerza de la víctima para destruirla.
El Diagnóstico
del Daño: Machi y el Examen de la Hiel
Cuando el pánico
a la brujería se desataba en las tolderías o los rehue, se activaba un
sofisticado engranaje social y terapéutico estructurado en cuatro fases
rituales muy claras:
- Diagnosis del kutran
(enfermedad):
Determinar si el mal venía del entorno o de un ataque espiritual.
- El Machitun: La
intervención de la o el machi, quien, en íntima conexión con los pillan (espíritus ancestrales benéficos), intentaba purgar el daño del cuerpo del
enfermo empleando remedios naturales y cantos sagrados.
- Identificación del victimario: Si el
paciente fallecía, entraban en juego especialistas en la adivinación,
conocidos en las fuentes tempranas como llihua o dugufe.
- El castigo del kalku: La
consumación de la justicia nativa.
Curiosamente,
con el paso de los siglos y la violenta transformación fronteriza, el rol de
los adivinos tradicionales empezó a escasear. Hacia el siglo XIX, se popularizó
una práctica forense nativa sobrecogedora: el cupon. Consistía en
abrir el cadáver del fallecido para extraer y examinar minuciosamente la bilis
o la hiel. Los rastros químicos o coloraciones anómalas en el órgano eran
leídos como la evidencia irrefutable del veneno místico inyectado por el kalku.
Una Herramienta Inesperada de Poder Político
Lejos de
limitarse al ámbito puramente religioso, la acusación de kalkutun era,
en esencia, un hecho social total con un inmenso peso político. En una
sociedad descentralizada y sin un Estado formalizado, el manejo de lo
sobrenatural se convirtió en una vía legítima de control y disputa de
liderazgos.
La historia
colonial y republicana registra casos donde grandes lonko (caciques)
utilizaron el miedo al kalkutun con tres fines estratégicos:
- Estrategia de Control Social:
Neutralizar de forma interna a facciones disidentes o igualar jerarquías
cuando alguien acumulaba riqueza excesiva o rompía los lazos de
reciprocidad social.
- Disputa y Ascenso Político: En 1792,
en el marco de las cruentas guerras territoriales entre los pewenche
de Malalwe y los williche.
- Consolidación de Autoridad
Despótica:
Hacia el siglo XIX, líderes imponentes como el gran cacique Juan Calfucurá
consolidaron su hegemonía combinando la diplomacia militar con el terror
místico. Se decía popularmente que Calfucurá poseía una piedra mística
voladora que le revelaba secretos y escupía fuego contra sus enemigos, lo
que blindaba ideológicamente su autoridad ante sus seguidores.
Género, Crisis y Traición
Un aspecto
sumamente debatido de la práctica histórica es si el kalkutun afectaba
prioritariamente a un género. Lingüísticamente, la palabra kalku en mapudungun
es un sustantivo neutro e invariable: hombres y mujeres por igual podían ser
considerados brujos. Sin embargo, la agitación del siglo XIX provocó estallidos
extremos de persecución enfocados dramáticamente en mujeres.
El caso más
escalofriante ocurrió en el año 1844 en Mamil Mapu, territorio de la
sociedad rankülche (ranquel). Bajo el liderazgo del cacique Calvaiñ, se
desató una auténtica "cacería" masiva que culminó con la ejecución
documentada de 71 mujeres acusadas de ser brujas (pú calcú) y
asociarse con el temido espíritu anchimallén.
¿Por qué ocurrió
esta matanza? Los análisis históricos demuestran que las sociedades indígenas
de mediados del siglo XIX atravesaban una crisis existencial profunda debido a
epidemias devastadoras de viruela, hambrunas y el violento avance de las
fronteras criollas. En contextos de extrema desarticulación, estas mujeres
marginadas o desprotegidas fueron convertidas en chivos expiatorios; se creía
que sus supuestas artes ocultas saboteaban la supervivencia misma de la
comunidad, rompiendo los códigos normales de sociabilidad, lo que justificaba
su terrible remoción.
El Destino del
Acusado
¿Era la muerte
el único destino para quien fuera señalado como kalku? Las fuentes
demuestran que la justicia nativa poseía una notable flexibilidad pragmática.
Si bien las
ejecuciones solían caracterizarse por una violencia física extrema
encaminada a neutralizar al espíritu (destrucción del cuerpo, desmembramientos
o el suplicio de la hoguera para forzar la delación de cómplices), el desenlace
real dependía de la red social de la persona acusada.
Un sospechoso
que pertenecía a una familia poderosa, o que poseía recursos económicos
suficientes, podía negociar el resarcimiento del daño mediante el pago de
cabezas de ganado, platería o tierras para compensar a los parientes de la
víctima. Por el contrario, los sujetos empobrecidos, los cautivos o aquellos
que carecían de aliados políticos que intercedieran en su favor, terminaban
irremediablemente en el fuego purificador.
Un Legado de
Larga Duración
Cuando los
Estados de Argentina y Chile avanzaron militarmente sobre las pampas y La
Araucanía en la década de 1880, desarticularon la autonomía de las comunidades
nativas. Sin embargo, no pudieron erradicar sus estructuras de pensamiento. Cronistas
de principios del siglo XX, como Eulogio Robles o el misionero Moesbach,
seguían registrando con asombro cómo el temor reverencial a los daños del kalku
continuaba profundamente arraigado en la población rural e indígena.
El estudio
histórico del kalkutun demuestra que la brujería no era un mero acto
de malicia aislado, sino un complejo andamiaje institucional que ayudaba a
procesar el dolor de la pérdida, a impartir justicia, a balancear las cuotas de
poder político y a intentar comprender las tragedias de un mundo fronterizo en
constante conflicto.
Fuente: Joaquín Tomás García Insausti, Tesis de Doctorado en Historia "Análisis histórico de la práctica del kalkutun en las sociedades indígenas del área arauco-pampeana (siglos XVI-XIX)". Universidad Nacional del Sur, Bahía Blanca, Argentina, 2019.

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