Brujos yerbaleros y ejércitos de pinceles: El fascinante (y trágico) legado de las expediciones botánicas del siglo XVIII
¿Cómo era posible "poseer" un imperio que se extendía por miles de kilómetros de selvas y cordilleras cuando la tecnología más avanzada era un tintero y un pincel? Antes de la cámara fotográfica, el conocimiento no se capturaba: se conquistaba mediante la observación empírica y la destreza artística. En el siglo XVIII, España vivió una metamorfosis intelectual bajo la dinastía de los Borbones, decidiendo que la naturaleza americana no era solo un tesoro de metales preciosos, sino un vasto catálogo de vida por clasificar.
Este impulso transformó la geografía de Madrid. Lo que comenzó en 1755 como un modesto jardín medicinal en la Huerta de Migas Calientes, se trasladó en 1781 al Paseo del Prado por orden de Carlos III. Allí nació la "Colina de la Ciencia", un eje ilustrado que integraba el Real Jardín Botánico, el Observatorio Astronómico y el actual Museo del Prado. Fue el cerebro de un proyecto ambicioso: crear un "Imperio Visible", donde cada planta del Nuevo Mundo tuviera un rostro preciso y un nombre en latín, permitiendo a la Corona dominar simbólicamente territorios que físicamente eran inabarcables.
Los "Brujos Yerbaleros" y la ironía del choque cultural
Entre 1777 y 1788, Hipólito Ruiz y José Pavón encabezaron la expedición al Virreinato del Perú y Chile. Formados bajo el rigor del Real Jardín Botánico, estos hombres encarnaban la Razón europea, pero en las cumbres andinas su comportamiento resultaba, cuanto menos, sospechoso. Para los habitantes locales, ver a dos extranjeros recolectar obsesivamente "malas hierbas", secarlas con mimo y catalogarlas con nombres extraños no era ciencia: era hechicería. De ahí nació el apodo de "brujos yerbaleros".
Existe una ironía profunda en este encuentro. Mientras Ruiz y Pavón creían estar iluminando la oscuridad de la superstición con el sistema de Linneo, los locales los percibían como extraños chamanes de la flora. El objetivo de su misión era tan vasto que trascendía la botánica pura, como lo dictaban las instrucciones reales de la época:
"No sólo para promover los progresos en las Ciencias físicas, sino también para desterrar las dudas y adulteraciones que hay en la Medicina... para aumentar el Comercio y que se formen herbarios y colecciones naturales, sin omitir las observaciones, geográficas y astronómicas".
El ejército de 32 pinceles y el secreto del "miniado"
Si hubo una expedición que elevó la ciencia a la categoría de arte sublime, fue la de José Celestino Mutis en Nueva Granada. Mutis no se conformó con simples bocetos; formó una auténtica escuela de pintores —un ejército de 32 artistas— bajo la tutela del maestro Pablo Antonio García del Campo. De esta escuela surgieron virtuosos como Salvador Rizo y Francisco Javier Matís, a quien el propio Humboldt calificaría como el mejor ilustrador botánico del mundo.
La excelencia de la colección de Mutis, que hoy suma unos 6,600 dibujos, reside en la técnica del miniado. Siguiendo una tradición casi medieval pero aplicada al rigor taxonómico, los pigmentos de origen mineral y vegetal se mezclaban con aglutinantes como la clara de huevo o la goma arábiga. Esta técnica de precisión extrema no solo buscaba la belleza; buscaba la durabilidad y la claridad científica. Gracias a esos aglutinantes, los rojos y verdes de las láminas que hoy custodia el Archivo del Real Jardín Botánico (CSIC) conservan una vibrante frescura, permitiendo que la planta sea tan identificable hoy como hace dos siglos.
La "Maldición" botánica: Naufragios, exilios y el fuego de 1785
El destino de estos tesoros científicos parece escrito por un autor de tragedias. El esfuerzo hercúleo de los botánicos chocó frontalmente con la desdicha y la inestabilidad política. La expedición de Ruiz y Pavón sufrió un golpe devastador cuando uno de sus barcos naufragó en las costas de Chile, sepultando en el océano años de trabajo. Peor aún fue lo ocurrido tras su regreso: en 1785, un incendio en Madrid destruyó gran parte del material recolectado, complicando para siempre la publicación de sus hallazgos.
Sin embargo, el caso más conmovedor es el de José Mariano Mociño y Martín de Sessé en Nueva España. Tras explorar desde las Antillas hasta el actual oeste de Estados Unidos, su obra quedó atrapada en el torbellino de las Guerras Napoleónicas. Mociño, perseguido por sus vínculos políticos, tuvo que exiliarse en Montpellier en 1812, llevando consigo parte de sus manuscritos. La gran tragedia es que su monumental Flora Mexicana no vería la luz hasta finales del siglo XIX (entre 1888 y 1891), casi cien años tarde. Para entonces, la revolución botánica que España pudo haber liderado ya había sido reclamada por otras potencias.
El mercado negro de Pavón y la desidia administrativa
Uno de los episodios más amargos de este legado ocurrió cuando la ciencia se encontró con el hambre y el abandono. José Pavón, de regreso en una España arruinada y sin fondos para publicar los volúmenes restantes de su Flora Peruviana et Chilensis, se vio sumido en una situación desesperada. Ante la desidia y la falta de control administrativo de la Corona, que no custodiaba adecuadamente los materiales que ella misma había financiado, Pavón comenzó a vender especímenes al mejor postor.
En 1814, Pavón ofreció al botánico británico y coleccionista A.B. Lambert unas 1,500 plantas americanas. Fue solo el inicio. Se calcula que Lambert recibió entre 4,000 y 10,000 ejemplares debidamente etiquetados, que terminaron en herbarios extranjeros. Esta "fuga de cerebros" vegetal no fue un simple acto de codicia individual, sino el síntoma de un imperio que, tras haber invertido fortunas en "ver" el Nuevo Mundo, se mostraba incapaz de conservar lo que sus científicos habían rescatado del olvido.
Un imperio visible que sobrevive en la era digital
A pesar de los incendios y los saqueos, el corazón de este proyecto sigue latiendo en el Real Jardín Botánico de Madrid. Fue Casimiro Gómez Ortega (director hasta 1801) quien transformó esta institución, alejándola de la herboristería tradicional para convertirla en un centro de taxonomía moderna bajo el sistema de Linneo. Bajo su mando, el jardín no solo cultivaba plantas, sino que "cultivaba" a los naturalistas que luego partirían a América.
Hoy, ese "Imperio Visible" ha dejado de ser una herramienta de dominio colonial para convertirse en un patrimonio global. Los miles de pliegos y dibujos —como los 6,600 de Mutis o los más de 2,000 de Ruiz y Pavón— están siendo digitalizados. Ya no son solo arte; son datos críticos para la investigación biológica actual, permitiendo comparar la biodiversidad del siglo XVIII con la de nuestro presente amenazado.
Una relectura crítica del pasado natural
La iconografía botánica de la Ilustración fue mucho más que un ejercicio de estética; fue la forma en que un imperio intentó comprender y organizar la vida misma. Estas imágenes nos permiten hoy realizar una relectura crítica de cómo la ciencia y el poder caminaron de la mano, y cómo la ambición de conocer el mundo chocó contra la fragilidad de las instituciones humanas.
Al observar estas láminas, es imposible no sentir una punzada de melancolía por lo que se perdió entre naufragios e incendios. Pero también nos dejan una advertencia urgente: ¿Qué tesoros científicos estamos perdiendo hoy, en nuestro propio siglo, debido a la inestabilidad política o la falta de inversión? La historia de nuestros "brujos yerbaleros" nos recuerda que el conocimiento es el recurso más valioso de una nación, pero también el más fácil de extraviar si no se tiene la voluntad de protegerlo.
FUENTE: "EL LEGADO ICONOGRÁFICO DE LAS EXPEDICIONES CIENTÍFICAS DEL SIGLO XVIII", JOSÉ CÁNDIDO MARTÍN FERNÁNDEZ, Universidad de Cádiz
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