¿El Parlamento de Quilín se ha convertido en un mito? Verdades incómodas sobre el "Tratado" de 1641



Hemos construido un altar romántico al 6 de enero de 1641, elevándolo como el momento fundacional de una supuesta independencia Mapuche reconocida por la Corona Española. 

Sin embargo, al desempolvar las actas oficiales y contrastar los archivos con la narrativa tradicional, nos encontramos con una historia mucho más gélida y pragmática. 

Lo que a menudo se presenta como un "tratado de soberanía" entre naciones iguales fue, en realidad, un sofisticado ritual de control colonial. 

¿Fue Quilín un hito de libertad o simplemente un espejismo diplomático diseñado para administrar una guerra agotadora?

La soberanía que nunca existió: Una subordinación pactada

Uno de los errores más persistentes en la divulgación histórica es aplicar el concepto moderno de "soberanía" —un invento decimonónico— a la mentalidad del siglo XVII. Para la administración de los Austrias, la soberanía era indivisible y residía exclusivamente en la figura del Rey. Bajo esta lógica, la idea de que un gobernador español pudiera reconocer la independencia de un territorio dentro de los dominios americanos era jurídicamente imposible.

Basándonos en el análisis de Gloël (2024), lo que ocurrió en Quilín no fue un pacto bilateral, sino una subordinación pactada. Para la Corona, "hacer las paces" era sinónimo de sumisión. El indígena no entraba al parlamento como un aliado externo, sino como un vasallo que regresaba al redil tras una rebelión. Como bien sentenció el historiador Abelardo Levaggi (1993) al describir la arquitectura legal de estos encuentros:

"Es el principal intento del príncipe y con él se debe entrar, porque debajo de ellas [las paces] da el indio el vasallaje y obediencia y en reconocimiento da el tributo al príncipe".

En Quilín, la paz no fue un reconocimiento de libertad, sino una máscara para el vasallaje voluntario. Los caciques aceptaban la autoridad del monarca a cambio de una "paz" que, de otro modo, se les negaba mediante las armas.

El mito de la convocatoria: Los números hablan

La épica colonial suele pintar a Quilín 1641 como la asamblea más masiva y representativa de la historia. No obstante, el rigor documental de las actas —filtradas por la pluma de los escribanos españoles— nos obliga a cuestionar esta magnitud. Al comparar los datos de asistencia registrados, la supuesta excepcionalidad de 1641 se desmorona frente a eventos posteriores:

* Parlamento de Quilín (1641): Mientras las crónicas narrativas inflan la cifra a 160 caciques, el acta oficial solo registra 56 nombres confirmados.

* Parlamento de Quilín (1647): Apenas seis años después, un encuentro similar registró entre 94 y 98 líderes mapuches, demostrando una representatividad documental mucho mayor.

Lo más revelador es el fenómeno de los "actores repetitivos". Al menos 14 caciques (entre ellos figuras como Lincopichón, Antegueno y Antonio Chicaguala) estuvieron presentes tanto en 1641 como en 1647. Este dato es la "pistola humeante" que prueba que el tratado de 1641 no resolvió nada de forma definitiva; fue solo un episodio en un ciclo recurrente de acuerdos frágiles que debían renovarse constantemente porque, en la práctica, la paz nunca llegaba a consolidarse.

La trampa del Requerimiento: Paz o "sangre y fuego"

Quilín no fue una innovación jurídica ni una coyuntura crítica que cambió las reglas del juego. Fue, de hecho, una repetición mecánica de una fórmula ensayada desde finales del siglo XVI (1593, 1605, 1612). El corazón del parlamento era el Requerimiento, una herramienta legal que funcionaba como una trampa binaria: o se aceptaba el vasallaje y la fe católica, o se justificaba legalmente la "Guerra a fuego y sangre".

Las condiciones impuestas en 1641 fueron las mismas de las décadas anteriores, sin un ápice de novedad:

* Jurar obediencia y vasallaje absoluto al Rey.

* Entrega obligatoria de todos los cautivos españoles.

* Aceptación de misioneros y del bautismo (renunciando a tradiciones como la poligamia).

* Compromiso de denunciar y combatir a cualquier indígena "rebelde", transformando a los firmantes en policías del Imperio.

Es vital entender que estas actas fueron redactadas por escribanos españoles, quienes traducían y filtraban la voz mapuche para que encajara en los formularios legales de Castilla. La "paz" de Quilín era una capitulación administrativa diseñada para ser leída en la Corte, no un diálogo entre iguales.

El peligro de leer el pasado con ojos del presente

Utilizar el Parlamento de Quilín para sustentar demandas políticas del siglo XXI basadas en la idea de un "Estado-Nación Mapuche" es un anacronismo científicamente insostenible. En 1641, el pueblo mapuche no operaba bajo una estructura estatal unificada. Los caciques presentes solo representaban a sus propios linajes o alianzas locales; no existía una voz única que pudiera comprometer a la totalidad del territorio.

De hecho, la estrategia española en estos parlamentos era deliberadamente divisoria, clasificando a los grupos entre "indios amigos" (colaboradores) e "indios enemigos" (rebeldes). Proyectar conceptos modernos de soberanía nacional sobre estas reuniones interétnicas es desvirtuar la realidad histórica. La historia es un arma de doble filo: cuando se distorsiona para ajustarla a narrativas contemporáneas, se pierde la oportunidad de comprender la verdadera y compleja resistencia de un pueblo que, si bien aceptó una "subordinación pactada" para sobrevivir, nunca fue plenamente domesticado por la burocracia imperial.

Una mirada hacia el futuro de nuestra memoria

El Parlamento de Quilín de 1641 fue el resultado del agotamiento mutuo, no el acta de nacimiento de una nación independiente. Fue un rito de subordinación pactada donde la Corona Española, incapaz de vencer por la fuerza, intentó someter por el documento. 

Al desmitificar este evento, no minimizamos la resistencia mapuche, sino que la situamos en su dimensión política real: una lucha constante por la autonomía en un escenario de asimetría colonial.

Revisar estos hitos nos obliga a una reflexión necesaria: ¿Cuántos otros "momentos estelares" de nuestra historia hemos aceptado como verdades absolutas, sin darnos cuenta de que solo son relatos construidos sobre el papel de un escribano colonial?

FUENTE: "El Parlamento de Quilín de 1641: ¿Excepcionalidad histórica?" | Vicente Javier Machuca-Sierra, Universidad Católica de Temuco; Matthias Gloël Universidad Católica de Temuco.

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