El Cacique que "dibujó" la verdad: Los secretos de los primeros mapas del Altiplano


Fuente: Diego Martínez Celis, "Cartografías mestizas: Análisis iconográfico de los mapas de Santa Fe (de Bogotá) y Tunja del cacique Diego de Torres"

En enero de 1584, Madrid languidecía bajo un invierno de lluvias persistentes y un frío que calaba hasta los huesos. Refugiado de los temporales en la capital del Imperio, un hombre de mirada profunda y porte bicultural ultimaba los detalles de un documento que pretendía alterar el curso de la historia colonial. Se trataba de Diego de Torres, el cacique mestizo de Turmequé, quien preparaba su segundo "Memorial de agravios" para el rey Felipe II.

Don Diego no era un súbdito cualquiera; habitaba un espacio liminal y complejo. Hijo del conquistador Juan de Torres y de Catalina de Moyachoque, su legitimidad como cacique no emanaba de la ley hispana, sino de la milenaria tradición matrilineal muisca: era el heredero por ser el hijo de la hermana del gobernante anterior. 

Educado en la gramática y moral de los dominicos, pero hablante fluido de la lengua muisca, Torres llevó ante la corte dieciséis folios de denuncias. Sin embargo, su mayor genialidad residió en adjuntar dos piezas cartográficas —los mapas de las provincias de Santa Fe y Tunja— que hoy se erigen como los registros más antiguos del Altiplano. Aquellas líneas de tinta sepia no eran meros bocetos geográficos; eran una sofisticada estrategia política diseñada para que el Rey pudiera "ver" lo que las palabras no alcanzaban a narrar.

El mapa como denuncia

Para Diego de Torres, la cartografía fue un grito de auxilio. Su objetivo no era la curiosidad científica, sino visibilizar el costo humano de cincuenta años de dominación. En una operación visual astuta, Torres "inundó" sus mapas con la representación de cerca de 150 asentamientos —99 pueblos en la provincia de Tunja y 51 en la de Santa Fe—. 

Al saturar el papel con pequeños rectángulos coronados por cruces, buscaba recordar al monarca que aquellos territorios estaban repletos de súbditos cristianos cuyos derechos estaban siendo pisoteados por la corrupción de los oidores.

No obstante, el mensaje más poderoso residía en los márgenes, donde el cacique contrastaba la presencia de las iglesias con la ausencia de sus habitantes. En una de sus anotaciones más desgarradoras sobre el valle de Tunja, escribió:

"Montes y bravas sierras grandes y pobladas en este valle hubo sesenta y seis mil indios quando entraron los españoles agora lo que be ante este papel todo yermo”.

En la lógica de Torres, el término "yermo" no describía una tierra virgen, sino un cementerio. El vacío en el mapa era la evidencia del exterminio.

Ciencia empírica y memoria

Detrás de la apariencia esquemática de estos mapas se esconde una proeza técnica asombrosa. Sin astrolabios ni cadenas de medición, Torres logró una precisión cartográfica que hoy, al contrastarse con herramientas como Google Earth, revela una aproximación de entre el 80% y el 83% en distancias y rumbos.

Esta exactitud no era fruto de la teoría europea, sino de un "mapa cognitivo" forjado en la adversidad. Durante sus años de persecución por la Real Audiencia, Torres vivió como un fugitivo y ermitaño en las montañas cercanas a Turmequé. 

Recorrió el Altiplano a pie, guardando en su memoria cada recodo de los caminos y la sinuosidad de las cordilleras. Su conocimiento era íntimo, corporal y empírico; una cartografía de la supervivencia que plasmó con rigor técnico en la lejana Madrid.

La mirada de Sué sobre el Imperio

El elemento iconográfico más magnético de los mapas es, sin duda, el sol con rostro humano que corona ambas composiciones. Si bien el sol figurado era un recurso común en el Renacimiento, en la obra de Torres adquiere la dimensión de una deidad tutelar. Representado en el oriente —el punto sagrado de la cosmovisión muisca—, este sol antropomorfo evoca a Sué.

Bajo esta mirada omnipresente, el territorio deja de ser una simple jurisdicción administrativa para convertirse en un espacio sagrado. Es la manifestación de una identidad en tensión: Torres escribe al Rey católico, pero sitúa toda la geografía bajo el escrutinio de un astro que exige cuentas tanto a indígenas como a españoles. El sol no solo orienta el rumbo; vigila la justicia.

Navegación intuitiva

Para resolver el desafío de representar la escala en un soporte limitado, el cacique ideó un código visual ingenioso: pequeñas manos con el dedo índice extendido. Acompañadas de cifras, estas manos funcionaban como dispositivos mnemotécnicos que indicaban simultáneamente el rumbo y la distancia en leguas hacia las ciudades cabeceras.

En aquella época, una legua no era solo una medida de distancia (aproximadamente 5.5 kilómetros), sino una medida de tiempo: era el trayecto que un hombre o una mula podían recorrer en una hora. Con este sistema, Torres permitía que el lector "navegara" el mapa de forma intuitiva, comprendiendo la magnitud real de las provincias a través de un lenguaje visual que trascendía las barreras idiomáticas.

El agua

A diferencia de los cartógrafos españoles, que priorizaban los caminos terrestres, Torres estructuró su mundo a través de la hidrografía. Ríos y lagunas son los ejes vertebradores de su obra. Aparece la Laguna de Guatavita, epicentro del mito de El Dorado, y la Laguna de Fúquene, que actúa como un umbral acuático entre las dos provincias.

En el río Magdalena, Torres dibujó un champán: una embarcación de tolda semicilíndrica hecha de guadua y palmas, propulsada por boga mediante largas pértigas. Pero la inclusión del champán no era decorativa, sino el preámbulo de una denuncia letal sobre el sistema de transporte colonial:

"En este río abía ynfinidad de yndios todos los an consumido en la cruel boga que de más de cincuenta mill yndios no an quedado ninguno".

Para el cacique, el agua representaba una dualidad trágica. Mientras en la fe muisca los ríos eran el origen de la vida y el lugar de la ofrenda, bajo el orden colonial se habían transformado en una vía de muerte donde miles de cuerpos indígenas desaparecían bajo el peso de la carga y el esfuerzo extenuante.

El equilibrio de los opuestos

El análisis de los mapas de Santa Fe y Tunja revela una estructura de dualidad complementaria que recuerda al principio de Hanan y Hurin del mundo incaico, o a la organización de Guamán Poma de Ayala. Torres concibió las provincias coloniales como dos mitades que se equilibran: el dominio del Zipa al sur y el del Zaque al norte.

Esta tensión armónica se manifiesta en la hidrografía: el río Bogotá fluye hacia el suroccidente, mientras que el Chicamocha lo hace hacia el noroccidente. Son dos flujos opuestos que, sin embargo, convergen en la gran arteria del Magdalena. 

En el centro de esta dualidad, la Laguna de Fúquene emerge como el punto de transición y equilibrio, un umbral donde los cacicazgos independientes mantenían la armonía del territorio antes de la llegada del invasor.

Conclusión: el legado de la tinta sepia

Diego de Torres murió en Madrid en 1590, empobrecido y trabajando como picador de caballos, sin haber recuperado el mando de su cacicazgo. No obstante, su legado sobrevive en la potencia de su cartografía mestiza. Fue un hombre capaz de utilizar el lenguaje del dominador para defender la dignidad de su linaje materno, transformando el dibujo en un acto de resistencia.

Sus mapas son mucho más que historia; son el testimonio de una identidad que se niega a ser borrada. 

Comentarios