Históricamente, la "página en blanco" ha sido el mayor fantasma del periodista, un vacío que solo se llenaba con café, investigación y el rigor del oficio. Sin embargo, la irrupción de ChatGPT ha transformado ese abismo creativo en un escenario de colonización algorítmica. Lo que comenzó como una curiosidad técnica es hoy el espejo de una realidad laboral convulsa.
Un estudio de la cátedra de Políticas de la Convergencia de la UBA —que inició con una etapa cuantitativa a fines de 2024 y continúa con un análisis cualitativo en 2025— nos ofrece una radiografía cruda sobre 107 profesionales: la Inteligencia Artificial (IA) no es solo una herramienta de eficiencia, sino un síntoma de la industrialización precaria que atraviesa el sector en Argentina, agravada por el desprestigio del oficio bajo la administración de Javier Milei.
La Adopción es Masiva, pero Solitaria (El 82,2% en orfandad)
El primer dato contundente del estudio es que la IA ya no es una promesa futura; es el presente cotidiano. El 82,2% de los periodistas encuestados ya utiliza ChatGPT en su labor. Sin embargo, esta integración ocurre en un estado de "orfandad institucional". Mientras los trabajadores intentan no quedar obsoletos, las empresas parecen mirar hacia otro lado o actuar desde la improvisación.
El 70% de las redacciones no ha tomado ninguna medida ni ha brindado capacitación alguna. Esta desconexión obliga a que la adopción sea una iniciativa puramente individual: el 87,5% utiliza la versión gratuita de la herramienta. Estamos ante una asimetría geopolítica y material, donde el profesional costea con su tiempo —y a veces de su bolsillo— una tecnología que las empresas exigen implícitamente pero no gestionan.
"La tendencia mayoritaria de quienes adoptaban ChatGPT respondía a la iniciativa individual, sin que las organizaciones de medios intervinieran en el pago de los servicios, en la capacitación de sus redacciones ni en la formulación de criterios editoriales de uso."
Al Corazón Creativo: La Inversión de la Secuencia Productiva
Se nos dijo que la IA se encargaría de lo tedioso para liberar al humano hacia lo "creativo". Los datos de la UBA desmienten este optimismo: la IA ya ocupa el núcleo intelectual del periodismo. Los usos detectados revelan una plataformización de la rutina:
* Generar ideas para notas: 64,8%
* Resumir informes y papers: 55,7%
* Búsqueda de información: 38,6% (desplazando al buscador de Google por interfaces conversacionales, según CQM).
* Escribir y titular notas: 33%
Este cambio ha provocado una "inversión de la secuencia productiva". Ya no es el periodista quien estructura el relato desde su comprensión; ahora utiliza a la IA para "superar la página en blanco", generando un borrador que luego debe "humanizar". El criterio editorial se vuelve reactivo: el humano ya no es el arquitecto, sino el corrector de un output probabilístico.
El "Bot" como Estrategia de Supervivencia: La Industrialización Precaria
Para entender la urgencia de la IA en Argentina, hay que mirar el recibo de sueldo. El estudio revela que el 55% de los periodistas trabaja en dos o más medios. En este contexto de pluriempleo estructural, la IA no es un lujo, es una herramienta de optimización forzada para no hundirse bajo la inflación.
La paradoja es amarga: el tiempo ahorrado no se usa para investigar más, sino para producir más piezas. CMZ, por ejemplo, logró reducir una tarea de tres horas a quince minutos, solo para usar ese margen en captar más clientes. Como señala LGN, el uso de la IA está directamente vinculado a la necesidad de "pagar el alquiler".
"Los dueños de los medios son chotos. ¿Van a usar esto para precarizar más? Sí. No les importa el periodismo de calidad. Es mentira que lo usarían para liberar periodistas y darles más tiempo para investigar", sentencia JBR, editor con más de 15 años de trayectoria.
Atrofia de Competencias: Del Redactor al "Prompteador"
Más allá de la pérdida de empleos, el estudio advierte sobre el deskilling o atrofia de habilidades. Al delegar procesos como la traducción o el resumen, se pierden instancias de aprendizaje intelectual. JBR lo explica con claridad: lo que antes era un ejercicio de estudio (traducir y reescribir), hoy es un proceso automatizado que debilita el "músculo" analítico.
Existe, sin embargo, una brecha de capacidades. Por un lado, usuarios sofisticados como LSC (directora en Tierra del Fuego), que utiliza programación en JavaScript para crear agentes automatizados que filtran el Boletín Oficial. Por otro, la mayoría instrumental que corre el riesgo de volverse prescindible. La advertencia es latente: el paso de "tres redactores a un solo prompteador" no es una distopía, sino una posibilidad de ahorro de costos para empresas que ya operan en la opacidad algorítmica.
El Vacío Ético en la Era de las "Alucinaciones"
La investigación pone el foco en un peligro sistémico: el vacío ético y regulatorio. A pesar de que la IA puede generar "alucinaciones" (información falsa con apariencia de verdad), las empresas no están ofreciendo redes de contención.
* El 77,5% de los medios no tiene políticas de uso.
* Solo un periodista de los 107 encuestados reportó que su medio cuenta con un manual de estilo específico para IA.
* La responsabilidad de la veracidad recae exclusivamente sobre el individuo, en un entorno donde el scrapeo de datos y la falta de transparencia de OpenAI generan una dependencia peligrosa de modelos entrenados con sesgos ajenos a nuestra realidad local.
¿Aliado Indispensable o Caballo de Troya?
El panorama que nos devuelve la UBA es el de una herramienta poderosa integrada en un ecosistema de supervivencia. La IA es hoy el motor de una industrialización precaria que permite sostener el volumen de contenidos a costa de la profundidad. Mientras algunos profesionales logran hackear el sistema para ganar autonomía, la mayoría queda expuesta a una estandarización donde cien medios terminan publicando la misma noticia procesada por el mismo algoritmo.
Al final del día, el riesgo no es que la IA reemplace al periodista, sino que el periodismo sea reducido a una tarea de "tuneado" de textos sintéticos.
La tecnología puede automatizar la respuesta, pero la capacidad de hacer la pregunta incómoda sigue siendo —mientras la precarización lo permita— un territorio exclusivamente humano.

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