Los Kawésqar, Nómades del Mar: Una Cultura Forjada en los Canales Australes

Puerto Edén, marzo 2025. Fotografía: Luis Fuentes Ampuero.

En el confín del mundo, donde la Cordillera de los Andes se fragmenta en un laberinto de fiordos e islas azotadas por vientos feroces y lluvias incesantes, emerge una de las proezas adaptativas más asombrosas de la humanidad.

Este escenario de frío persistente —con una media anual de apenas 6°C— fue el territorio soberano de los Kawésqar desde hace aproximadamente 6.500 años.

Lejos de ser simples sobrevivientes, los Kawésqar desarrollaron una cosmogonía y una tecnología perfectamente integradas al ecosistema marino.

El propósito de este artículo es trascender los estigmas históricos para revelar, mediante crónicas de exploradores y testimonios directos de sus descendientes, cinco hallazgos fundamentales sobre este pueblo que, durante milenios, hizo del agua su único hogar.

El origen de un nombre equivocado: de "Pécherais" a "Alacalufe"

La historia de los Kawésqar está marcada por la imposición de nombres ajenos, nacidos de la incomprensión lingüística. En el siglo XVIII, el explorador Louis Antoine de Bougainville acuñó el término Pécherais para referirse a ellos, simplemente porque era la palabra que los indígenas repetían al abordar los barcos europeos. Hoy, gracias a las precisiones etnolingüísticas de Óscar Aguilera, sabemos que pælsc’éwe significa, irónicamente, "extranjero". Los Kawésqar estaban identificando al europeo, pero el europeo creyó ser nombrado por él.

Un malentendido similar dio origen al término "Alacalufe". Según investigaciones modernas, el capitán Robert Fitz-Roy escuchó la expresión halí ku(o) halíp, que significa "aquí abajo" o "abajo aquí". Era el grito de los navegantes indígenas para señalar su posición y proponer un intercambio comercial; sin embargo, derivó en el nombre Alikhoolip y, posteriormente, en el apelativo Alacalufe que predominó en la literatura científica hasta mediados del siglo XX.

El pueblo, en un acto de resistencia cultural, se autoidentifica como Kawésqar, término que emana de su propia esencia: "persona humana", derivado de kawes (piel) y qar (hueso).

El kájef: la canoa como centro del universo doméstico

Para el nómade del mar, la tierra firme era solo una escala temporal; la verdadera vida transcurría en el kájef. Originalmente, estas embarcaciones eran construidas con cortezas de coigüe cosidas con nervios de ballena, pero con la llegada de los europeos y la introducción de herramientas de metal, los Kawésqar adaptaron su tecnología hacia canoas de tronco ahuecado, más resistentes al impacto en las playas rocosas.

Lo más asombroso de estas naves era la domesticación del fuego en pleno océano. Sobre plataformas de arena y grava, mantenían hogueras encendidas que no solo brindaban calor frente a la humedad extrema, sino que eran el corazón de la ruca flotante. Alberto Achacaz Walakial, uno de los últimos grandes conocedores de esta tradición, relató así el esfuerzo técnico de su construcción:

"Cuando me casé tuve que hacer mi propio bote... Había que hacerlo a pura hacha... Se hace un fuego largo... y se pone un listón atravesado adentro para que con el calor se abra la canoa. También le poníamos brasas, porque así quedaba más caliente y abría más todavía".

Esta proeza permitía que familias de hasta diez personas navegaran los canales, convirtiendo el mar en un espacio de intimidad familiar y supervivencia colectiva.

Un sistema espiritual entre el monoteísmo y el animismo

Existe un debate etnográfico fascinante sobre la espiritualidad Kawésqar. Mientras que el sacerdote y etnólogo Martin Gusinde sostenía la existencia de un ser supremo llamado Xólas, creador del orden moral y cuyos "ojos" eran las estrellas, investigadores posteriores como Joseph Emperaire y Óscar Aguilera plantean una visión puramente animista. En esta última, el universo está regido por el temor a espíritus que personifican la hostilidad climática:

Ajajéma: El espíritu maligno central, responsable de las enfermedades, la muerte y el temible viento noroeste que zozobra las canoas.

Mwono: El espíritu del ruido que habita en glaciares y montañas, causante de las avalanchas.

Kawtcho: Un gigante nocturno con olor a podredumbre que acecha en las playas.

Esta cosmogonía se rige por los æjámas (tabúes), reglas estrictas de comportamiento. Por ejemplo, estaba prohibido mirar ciertas formaciones naturales extrañas (rocas con formas humanas o cascadas) y existían leyes alimentarias precisas, como la prohibición de cocinar erizos o machas antes del segundo día de recolección para no desatar tempestades.

Incluso existe una controversia sobre el uso de grasa de lobo en el cuerpo: mientras Gusinde y Emperaire lo describen como una protección vital contra el frío, Aguilera lo niega, subrayando las tensiones que aún persisten en la interpretación de esta cultura.

El malentendido de la "tierra roja"

En 1557, el capitán Juan Ladrillero protagonizó uno de los encuentros más reveladores sobre la brecha de valores entre dos mundos. Al intentar intercambiar bienes para obtener aceite, los Kawésqar le ofrecieron su posesión más sagrada: arcilla ocre o "tierra roja". La crónica de Ladrillero registra el desprecio español ante lo que consideraron un regalo inútil:

"... y otro día siguiente vinieron 16 indios a los cuales salió el capitán é le presentaron un zurron de cuero de lobo lleno de tierra colorada con el cual presente nos reimos mucho y el capitan les dió medallas hechas de estaño é llantos de paño de colores y otras cosas é viscocho é trigo cocido lo cual no querian ni sabian comer... volvieron veinte y tres indios é no trujeron mas que tres curoncillos llenos de la dha. tierra colorada ..."

Para el español, era simplemente tierra; para el Kawésqar, el ocre era un bien escaso y preciado, custodiado por los ancianos en bolsitos de tráquea de foca y utilizado para la pintura ritual. Lo que fue motivo de risa para los conquistadores era, en realidad, una ofrenda de paz de la más alta dignidad espiritual.

El arte de narrar como mapa de la memoria

En una cultura sin escritura, el relato oral era el vínculo jurídico y geográfico con el territorio. La narración no era un mero entretenimiento nocturno; era un acto sagrado que incorporaba los ruidos del entorno —el crujir del fuego y el silbido del viento— para otorgar realismo al mito. Un buen narrador debía cumplir un código de conducta riguroso:

Impecabilidad fonética: Una pronunciación perfecta era esencial para mantener la gracia y la fuerza de la historia.

Fidelidad al sentido: Aunque se permitían matices personales, el narrador nunca debía alterar la esencia transmitida por los antiguos.

Precisión geográfica: Cada historia debía estar anclada a un punto exacto del mapa. Narrar el "Cuento del Martín Pescador" o el mito de la "Mujer Luna" (C’áskar) exigía especificar el canal o isla donde ocurrió, convirtiendo la mitología en un mapa mental que permitía a los jóvenes conocer su territorio antes de navegarlo.

El eco de los canales y el futuro en Puerto Edén

Hoy, el nomadismo marítimo ha cesado, pero la resiliencia persiste. Tras décadas de aculturación forzada y enfermedades que redujeron drásticamente la población, el núcleo vital de esta cultura resiste en Puerto Edén.

En esta apartada localidad del Parque Nacional Bernardo O’Higgins residen actualmente apenas quince personas identificadas como Kawésqar, de las cuales solo nueve conservan el tesoro de su lengua originaria.

Los desafíos modernos son tan feroces como el viento noroeste: la instalación de salmoneras amenaza el ecosistema de los canales y el equilibrio de los recursos ancestrales.

Alberto Achacaz Walakial (1929 - 2008) resumió la melancolía de este crepúsculo cultural con una frase que nos interpela: "Siento que me estoy volviendo muy viejo... de repente me dan ganas de volver al mar, pero estoy quedando viejo".

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