Las revelaciones tras las icónicas fotos de Martín Gusinde en Tierra del Fuego



¿Puede una imagen de belleza deslumbrante ser, al mismo tiempo, el registro mudo de una tragedia? Esta pregunta encierra la paradoja central que atraviesa la fotografía sobre los pueblos originarios de la Patagonia Austral.

Durante décadas, las imágenes de los selk’nam, yagán y kawésqar han dado la vuelta al mundo. Verlos con los cuerpos cubiertos de arcillas y pieles de guanaco, o luciendo solemnes máscaras de corteza para encarnar a los espíritus del mito, ejerce una fascinación inmediata. Sus rostros y siluetas han decorado portadas de antropología, galerías en París y Nueva York, y han inspirado desde joyería hasta tatuajes contemporáneos, convirtiéndose en el imaginario definitivo de Tierra del Fuego.

Pero detrás de esta potencia estética hay una trama densa y contradictoria. Entre 1918 y 1924, a lo largo de cuatro expediciones al extremo sur, el sacerdote y etnólogo Martín Gusinde Hentschel expuso y fijó en 990 placas de cristal la vida de estos pueblos. Este ensayo busca desenterrar lo que late tras esa mirada: un archivo monumental que oscila permanentemente entre el rescate empático, la puesta en escena colonial y el testimonio involuntario de un etnocidio en marcha.

Para entender el valor disruptivo del trabajo de Gusinde, hay que mirar su punto de partida. Nacido en Breslau en 1886 (entonces Imperio Alemán, hoy Polonia), llegó a Chile en 1912 como profesor de biología del Liceo Alemán de Santiago, antes de sumarse al Museo de Etnología y Antropología bajo la tutela de Max Uhle y Aureliano Oyarzún.

A principios del siglo XX, la antropología europea seguía dominada por el evolucionismo unilineal. Bajo ese esquema, las sociedades se ordenaban en una pirámide de tres peldaños: salvajismo, barbarie y civilización. Los estados usaban esta teoría para justificar la integración subordinada o la eliminación directa de los nativos, a quienes ubicaban en el escalón más bajo de la humanidad.

Esa deshumanización tenía el aval de pesos pesados como Charles Darwin, quien en 1832 había dejado por sentado en su diario del Beagle su espanto al toparse con los fueguinos en la Isla de Wollaston:

"Jamás había visto yo, verdaderamente, seres más abyectos ni más miserables... Esos desdichados salvajes tienen la talla escasa, el rostro repugnante y cubierto de pintura blanca, la piel sucia y grasienta, los cabellos enmarañados, la voz discordante y los gestos violentos. Cuando se ve a tales hombres, apenas puede creerse que sean seres humanos..."

Casi un siglo después, Gusinde hizo exactamente lo contrario. Convivió meses enteros en los campamentos, compartió el frío, el hambre y los rituales, y adoptó una ética de la alteridad que dejó plasmada en sus cuadernos:

"Siempre consideré errado, por injusto y lesivo, emitir opiniones altaneras sobre los indígenas... Porque quien de entrada considera al indio como un ser inferior, rudimentario y subdesarrollado... no es un buen investigador y nunca podrá realizar un trabajo exacto o completo".

Visto desde la teoría de Tzvetan Todorov, Gusinde encarna el perfil del exótico o del "universalismo no etnocéntrico". Se corrió de los prejuicios civilizatorios para maravillarse ante la diversidad y descifrar el "mundo pensado" de estos pueblos, demostrando que sus sistemas religiosos —como el culto a Temáukl entre los selk'nam o Watauinewa entre los yagán— eran tan complejos y estructurados como cualquier otro.

Ceremonia Hain

Las fotos más impactantes de Gusinde inmortalizan el Hain, la ceremonia sagrada de los selk'nam donde los hombres encarnaban a los espíritus (como la temible Xalpen o los siete Shoort) con altas máscaras de corteza y pinturas corporales.

Sin embargo, esas imágenes no fueron un registro pasivo de una tradición gozosa e intacta. Hacia 1923, la colonización ganadera ya había destrozado el tejido social de la isla; los sobrevivientes estaban esparcidos y acorralados, y el Hain ya no se celebraba de manera espontánea. Para hacerlo posible, fue el propio Gusinde quien financió y organizó el encuentro aportando 360 ovejas.

El dato es clave. La llegada de las estancias ovinas había liquidado los guanacos silvestres, la base de sustentación histórica de los selk'nam. Sin comida para alimentar a cientos de personas durante semanas, la reunión ritual era materialmente imposible. Las ovejas de Gusinde funcionaron como garantía de subsistencia para que varias familias dispersas pudieran congregarse y escenificar la ceremonia durante cincuenta días frente a su lente.

Como señala la antropóloga visual Margarita Alvarado, estamos ante una "escena étnica" y un "simulacro de autenticidad". Atrapado por la urgencia de fijar la "cultura pura" antes de que se esfumara, el fotógrafo intervino la escena: armó el encuadre, negoció la recreación del rito y congeló la pose.

Aun así, ese montaje documental logró registrar con precisión quirúrgica los tres pilares del Hain:


  • La iniciación del klóketen: El proceso pedagógico donde los jóvenes eran separados de sus madres para aprender las leyes míticas, la moral y las técnicas de caza de la adultez.
  • La reafirmación del dominio masculino: Una puesta en escena donde la irrupción de los "espíritus" aterrorizaba a las mujeres, cimentando el poder político de los hombres en la comunidad.
  • El intercambio social: La instancia clave de alianza y cohesión entre los distintos territorios (haruwen) de la Isla Grande de Tierra del Fuego.


Gusinde no operaba en un laboratorio aséptico, sino en la fase terminal de una masacre. Desde fines del siglo XIX, las concesiones de tierras para la ganadería desataron el despojo territorial, la caza de indígenas por parte de paramilitares y estancieros, y epidemias implacables.

Su prisa respondía a una desesperada urgencia etnológica. En su cuarto viaje —repartido entre 1923 y 1924 para documentar el Hain, el mundo yagán y a los kawésqar de la Patagonia occidental— censó a los yaganes sobrevivientes: apenas 70 personas, en su mayoría jóvenes que ya perdían el hilo de su memoria ancestral.

Si miramos este archivo desde Michel Foucault o John Tagg, la cámara funciona como una herramienta de catalogación y control sobre los cuerpos. Pero si cruzamos a Roland Barthes con la filosofía de Clément Rosset, la tragedia es aún más honda. Para Barthes, la foto es el "certificado de presencia" (esto ha sido); para Rosset, es un "fijador" que congela la realidad en seco. Las placas de Gusinde atraparon con una nitidez impecable la dignidad de esos hombres y mujeres exactamente en el mismo instante en que su existencia física y su cultura estaban siendo borradas del mapa.

Durante décadas, la historiografía oficial y los medios repitieron el dogma de la "extinción total" de los fueguinos. El relato medía la pertenencia étnica bajo la lupa de la "pureza de sangre", oponiendo al "indígena puro" frente al "mestizo" y decretando la muerte de un pueblo tras el fallecimiento de su último exponente biológico.

Contra ese determinismo, la antropología contemporánea —de la mano de autores como Peter Wade y Miguel Bartolomé— entiende que la identidad no es una carga genética estática, sino una red viva de memorias compartidas, adscripción colectiva y la reactivación constante de relatos.

En los últimos años hemos visto un potente proceso de re-indigenización. Los descendientes actuales de los selk'nam, yagán y kawésqar han sacudido la narrativa colonial de su desaparición, recuperando su visibilidad, exigiendo derechos territoriales y resignificando el legado de Gusinde. Un ejemplo elocuente ocurre en el Museo Martín Gusinde de Puerto Williams: las familias yaganes no acuden a ver estas placas como la partida de defunción de sus antepasados, sino como el rescate afectivo y político de su propio álbum familiar.

Las 990 placas de cristal de 9x12 cm —capturadas con una voluminosa cámara de atril que el sacerdote arrastró por climas extremos— descansan en el Anthropos Institut, cerca de Bonn, Alemania, institución que él mismo cofundó junto a Wilhelm Schmidt y Wilhelm Koppers.

Filantropía Cortés Solari de Chile

En 2019, la presidenta de la fundación, Francisca Cortés Solari, adquirió mediante un acuerdo con el editor y gestor cultural francés Xavier Barral una valiosa colección de 151 fotografías originales positivadas del trabajo de Martín Gusinde. Barral había actuado anteriormente como custodio de este legado visual. La adquisición tuvo por propósito evitar que el archivo permaneciera disperso en el extranjero y retornarlo al ámbito público patrimonial chileno.

El fondo documental abarca los registros de las expediciones que Gusinde realizó a Tierra del Fuego y la Patagonia entre 1918 y 1924, donde documentó la vida cotidiana, retratos, rituales (como el Hain) y la cosmovisión de los pueblos Selk'nam, Yagán y Kawésqar. 

La Fundación Cortés Solari financió los trabajos de conservación preventiva, enmarcado especialista y custodia adecuada de este soporte fotográfico analógico para asegurar su preservación.

"Memoria Ancestral"

Con la colaboración de la Fundación Martín Gusinde y el curador Ramón Castillo, la Fundación Cortés Solari ha articulado una plataforma de exhibición itinerante denominada «Memoria Ancestral: voces de la Patagonia». 

Esta exposición ha circulado por diversas instancias culturales, instituciones públicas y espacios regionales (como el Festival Ladera Sur, la Biblioteca del Congreso Nacional, sedes universitarias y centros culturales regionales).

Más allá de la sola exhibición estética, la Fundación Cortés Solari utiliza este acervo para impulsar conversatorios, paneles de mediación cultural e investigaciones vinculadas a la conservación del patrimonio natural e inmaterial. 

La relación busca reinterpretar las imágenes de Gusinde desde el presente —superando la mirada meramente colonial de principios del siglo XX— para visibilizar la vigencia, memoria y derechos de las comunidades originarias del extremo sur.

Finalmente, se debe mencionar que según las leyes internacionales de propiedad intelectual, todo el archivo visual, los diarios y las notas de campo de Gusinde ingresarán al dominio público en 2039, al cumplirse 70 años de su muerte.

El atlas fotográfico de Martín Gusinde vive en una tensión permanente. Por un lado, es una de las empresas etnográficas más impactantes del siglo XX, un monumento visual que capturó la fuerza y la profundidad litúrgica de los habitantes milenarios del fin del mundo. 

Por el otro, es un registro marcado a fuego por las asimetrías de su época: el montaje de la pose, la tutela del observador europeo y el telón de fondo de una población arrasada por la expansión colonial.




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