Batalla entre españoles y mapuches durante la Guerra de Arauco. En "Tabula Geographica Regni Chile / Studio et labore P. Alfonsi de Ovalle, Procuratoris Chilensis Societatis Jesu. 1646".
En los relatos más difundidos sobre la historia de América suele pasarse por alto un hecho particularmente llamativo: la creación del primer ejército permanente y profesional organizado de manera estable en el continente. Esta fuerza no surgió de manera improvisada ni fue fruto de una coyuntura pasajera, sino que se trató de una institución militar creada por la Monarquía Hispánica en el Reino de Chile, entonces dependiente del Virreinato del Perú, en plena etapa de expansión del Imperio español.
Su denominación quedó registrada como Ejército de Arauco o Tercios de Arauco, y su razón de ser estuvo íntimamente vinculada a uno de los conflictos más extensos y complejos de la época colonial: la Guerra de Arauco, sostenida contra las coaliciones mapuches al sur del río Biobío, en el territorio que hoy corresponde a la República de Chile.
A diferencia de las huestes ocasionales o de las milicias formadas solo ante la emergencia, este ejército representaba algo excepcional para América. Era una fuerza profesional en toda regla: financiada de manera regular, con disciplina, estructura logística y un mandato claro de defensa de la frontera del Reino de Chile. Todo ello en un territorio que, aunque escaso en metales preciosos, resultaba estratégico para la Corona española.
Del conquistador al soldado profesional
Durante gran parte del siglo XVI, la conquista y la guerra en América se desarrollaron mediante un modelo semi‑privado, basado en caudillos, capitulaciones y contingentes reunidos para campañas específicas. En Chile, sin embargo, ese sistema se mostró rápidamente insuficiente. El frente meridional se transformó en una frontera de guerra permanente que exigía una solución más sólida y duradera.
La crisis estalló tras un episodio decisivo: la batalla de Curalaba en 1598 y la posterior Destrucción de las Siete Ciudades al sur del Biobío. En pocos años, la rebelión mapuche desarticuló gran parte de la presencia española en el sur, provocando una profunda crisis militar, económica y moral. Para evitar el colapso del reino, la Corona envió a Chile a un hombre con experiencia directa en la guerra europea: Alonso de Ribera, veterano de las campañas de Carlos V en Flandes y en los conflictos contra Inglaterra. Felipe III lo nombró gobernador de Chile en 1599.
A su llegada, Ribera quedó alarmado por el estado de las defensas: falta de disciplina, organización deficiente, dependencia de soluciones improvisadas y cadenas logísticas frágiles. En esas condiciones, sostener una guerra prolongada resultaba imposible. Su respuesta fue audaz e innovadora para el contexto americano: la creación de un ejército permanente y remunerado, comparable a los ejércitos estatales europeos.
1604: el nacimiento de los Tercios de Arauco
El Ejército de Arauco comenzó a organizarse formalmente en 1604 para operar en la frontera hispano‑mapuche. Su base principal se estableció en Concepción y su misión fundamental fue defender el límite territorial mediante una red de fortificaciones a lo largo del río Biobío, línea que terminaría consolidándose como frontera estable.
Uno de los pilares de este sistema fue el Real Situado, un mecanismo financiero mediante el cual el Virreinato del Perú, alimentado por la plata de Potosí, enviaba recursos regulares para sostener a la tropa en Chile. En un imperio que libraba guerras costosas en Europa, mantener un ejército permanente al otro lado del Atlántico era una decisión estratégica de enorme importancia. El plan inicial contemplaba cerca de 1.500 soldados, cifra que con el tiempo experimentó ajustes y variaciones.
Un tercio fuera de Europa
La labor de Alonso de Ribera permitió profesionalizar a las tropas, imponer disciplina y levantar una compleja red de fuertes sostenidos por una logística estable. Junto a los soldados, se integraron artesanos, herreros, carpinteros y otros oficios indispensables. Se reactivaron zonas agrícolas, se establecieron estancias, obrajes, hospitales y sistemas de transporte. La guerra de frontera no se sostenía solo con valentía, sino con una economía organizada al servicio del esfuerzo militar.
Todo ello tuvo como contraparte a un adversario mapuche que supo adaptarse rápidamente a la presencia española. Las comunidades desarrollaron formas de organización militar flexibles, tácticas de emboscada, dominio del combate a caballo y, con el tiempo, acceso y uso de armas y metalurgia de origen europeo. La guerra fue, en gran medida, un proceso de aprendizaje mutuo.
El despliegue del Ejército de Arauco alrededor del Biobío consolidó este río no solo como línea de frontera militar, sino también, con el paso de los años, como un espacio de contacto, intercambio y negociación, marcando profundamente el devenir histórico del sur de Chile.
FUENTE: National Geographic
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