Los mapas suelen presentarse como espejos objetivos de la geografía, pero para un historiador, son a menudo las herramientas con las que los vencedores consolidan su dominio. Un mapa oficial no solo marca límites; decide qué nombres sobreviven y qué presencias se borran.
En la historia de Chile, la cartografía estatal no ha sido un simple ejercicio técnico, sino una serie de "sentencias de invisibilidad" dictadas contra quienes habitaban la tierra mucho antes de que se trazara la primera línea sobre el papel.
El informe "Desposeimiento y reivindicación territorial mapuche" (2025), del Observatorio Ciudadano de Chile, emerge como una pieza ética y documental clave para desmantelar este silencio.
Fruto de la documentación exhaustiva de 43 casos en las regiones del Biobío, La Araucanía, Los Ríos y Los Lagos, este estudio revela que el conflicto actual no es una simple disputa por hectáreas, sino una lucha por la justicia epistémica y la reconstrucción de una identidad fragmentada por la burocracia y la violencia.
A través de este documento, nos adentramos en una geografía viva que los papeles pretendieron anular, pero que la memoria ha logrado preservar en los remanentes del olvido.
La trampa del 5%: La "Ley Inversa" como herramienta de reducción
Entre 1884 y 1929, el Estado chileno ejecutó el proceso de radicación mediante los "Títulos de Merced". Sin embargo, este aparente acto de reconocimiento legal fue la culminación de un despojo planificado.
El marco jurídico no se aplicó para proteger la ocupación tradicional, sino para confinarla. Primero se remataron las tierras más fértiles a colonos y particulares; solo después se radicó a las familias mapuche en los suelos de menor calidad o "remanentes".
El resultado estadístico es una de las mayores injusticias de nuestra historia republicana: el Estado solo reconoció en dominio al pueblo Mapuche aproximadamente el 5% de la superficie que efectivamente ocupaba.
Se aplicó lo que los especialistas llamamos una "ley en sentido inverso", donde el derecho a la tierra no nacía de la posesión ancestral, sino de lo que el Fisco decidía no entregar a la gran propiedad particular.
"En muchas ocasiones, se procedió primeramente a rematar hijuelas, a colonizar, etc., y en el sobrante se radicó a los indios. Es decir, se aplicó la ley en sentido inverso: el Fisco dispuso de lo que quiso, y en el resto de los suelos se radicó a los indios. De aquí, los conflictos y enredos de todo género. De aquí, la escasa cabida de suelos que ha tocado a los indios... a los indígenas de algunas zonas, apenas si alcanza a dos o tres hectáreas por persona". — Eulogio Robles, Abogado Protector de Indígenas (1912)
Cartografía participativa: Justicia epistémica contra el borramiento estatal
La cartografía institucional ha sido, históricamente, un instrumento de fiscalización. Un ejemplo emblemático es la "Carta General de Colonización" de Nicolás Bologna (1917), que se centró en las provincias de Malleco y Cautín para declarar tierras como "fiscales" y facilitar su remate a colonos europeos.
Frente a este mapa de exclusión, ha surgido la Cartografía Participativa como un acto de justicia epistémica: el paso de la fiscalización a la territorialización.
Mientras el mapa estatal busca ordenar la explotación agrícola o forestal, el mapeo comunitario rescata los geohitos que sostienen la vida. No se trata solo de marcar límites, sino de devolver el sentido a una toponimia que fue borrada para ocultar la historia del lugar.
Elementos que la cartografía institucional ignora pero la mapuche resalta:
- Toponimia descriptiva (Üy mapun): Nombres que revelan la función ecológica, moral y espiritual del territorio.
- Fuerzas espirituales (Pu Gen): La ubicación de protectores en humedales (Menoko), cascadas (Trayenko) o cementerios (Eltuwe).
- Hitos de resistencia: Lugares de antiguas batallas o parlamentos que definen la soberanía histórica del Lof.
Txawümen: El límite que vincula en lugar de dividir
En la lógica "wingka" o estatal, el límite es una frontera de exclusión: una línea que separa "lo mío" de "lo tuyo". Sin embargo, el geógrafo mapuche Simón Crisóstomo Loncopán rescata el concepto de Txawümen, una visión radicalmente distinta que es fundamental para entender el ordenamiento territorial autónomo del Lof.
Para la cosmovisión mapuche, el límite no es una barrera, sino un punto de encuentro y unión entre partes que provienen de un tronco común.
Esta diferencia no es solo semántica; explica por qué el control territorial mapuche no busca la división estanca, sino el equilibrio entre grupos familiares que comparten un mismo espacio vital.
"Existe la conciencia de que la tierra sigue y que toda demarcación precisa o referencial no hace más que unirla en vez de separarla. Al contrario de la definición tradicional de frontera utilizada para representar el frontis de un territorio opuesto".
Alquimia burocrática: Cómo el fraude se convirtió en ley
El despojo en zonas como Arauco y Los Álamos no siempre necesitó de fusiles; a menudo bastó con la pluma de un escribano. El informe documenta una maquinaria de fraude legal donde actos de dudosa legitimidad fueron "legalizados" por el paso del tiempo.
Casos como el de Luis de los Ríos en 1825, quien tras liderar una matanza de caciques en el cerro Colo Colo, apareció comprando tierras en Tubul a los sobrevivientes, o la familia Gaete en Chilcoco, ejemplifican este despojo.
El mecanismo era sistémico: compras de "acciones y derechos" sobre extensiones desconocidas, arriendos perpetuos y el uso de alcohol para obtener firmas de personas vulnerables. La figura de la "firma a ruego" permitió que notarios validaran la entrega de territorios ancestrales por parte de quienes no sabían leer ni escribir.
En Mulchén, personajes como Samuel Arriagada consolidaron fundos como Ranquilco mediante arriendos fiscales que luego, por una extraña alquimia administrativa, terminaron inscritos como propiedad particular.
La consecuencia humana fue el aislamiento y la expulsión. Como relató Luis Lincopi Lincopi, las familias quedaban cercadas, obligadas a transitar "en una balsa a pie" para acceder a sus propios hogares, mientras la burocracia estatal legitimaba la creación de las grandes propiedades forestales que hoy dominan el paisaje.
La Memoria como archivo vivo: El Lofmapu frente al monocultivo
Para el pueblo mapuche, la demanda territorial no es una mera cifra de hectáreas; es la recuperación del itxofillmogen (todas las vidas sin excepción). El informe subraya que la memoria oral tiene un valor científico riguroso.
Es el archivo vivo que detecta lo que los ojos del Estado no ven: manzanos y cerezos antiguos que, como explica Grisel Ñancul, son la prueba de donde alguna vez se levantó una ruka antes de ser quemada por los latifundistas.
Hoy, gran parte de esta geografía sagrada está "atrapada" bajo plantaciones forestales. Cuando una comunidad reivindica un predio, a menudo está luchando por un Menoko (humedal) o un Eltuwe (cementerio) que está siendo sofocado por pinos y eucaliptos.
La recuperación es, por tanto, un acto de restauración ecológica y espiritual: devolverle el acceso a las fuerzas espirituales que habitan en los sitios de significancia que quedaron dentro de predios particulares.
Un futuro de restitución y equilibrio
La magnitud de la deuda histórica es innegable. El trabajo de mapeo comunitario ha permitido identificar un Territorio Ancestral de 2.565.039 hectáreas, de las cuales las comunidades reivindican activamente 708.859.
Estas cifras representan el mapa de una herida abierta que la "Comisión para la Paz y el Entendimiento" intentó abordar no como un trámite administrativo, sino como una encrucijada histórica.
El reconocimiento de que la propiedad no nace de un papel otorgado por el Estado, sino de la ocupación tradicional —respaldada por el Convenio 169 de la OIT—, es el único camino hacia una paz duradera.
Puedes descargar el informe completo gratuitamente: "Desposeimiento y reivindicación territorial mapuche, Estudio de casos" Publicación del Observatorio Ciudadano Chile.

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